Cuando era un niño pequeño, Aristóteles fue introducido en los misterios del mundo natural por su padre, que era doctor oficial y herborista del rey de Macedonia. Seguramente fue para él una época feliz, ya que sus padres gozaban de una situación acomodada, y Aristóteles siempre estaba dispuesto a aprender. Ay, pronto se interrumpieron estos dichosos días a causa de la temprana muerte de ambos progenitores, y Aristóteles se encontró haciendo la guardia de Proxenus, el marido de su hermana Arimneste.

 Proxenus, al parecer, era amigo de Platón, y seguía siéndolo cuando, a la edad de diecisiete años, Aristóteles se fue de casa para convertirse en discípulo de Platón en la renombrada Academia de Atenas. Aunque llegó allí con la sola intención de aprender la práctica de la medicina, pronto quedó fascinado por todos los demás debates que había por aquella época, sobre temas de matemáticas, astronomía, leyes y política.

Sus agudas y atinadas contribuciones lo convirtieron en una figura notoria, y Platón lo llamó, quizá con mordacidad, el “intelecto” de la escuela, pero, sin embargo, después de la muerte de Platón en 347 a.n.e., fue a Espeusipo, sobrino de Platón, a quien nombraron cabeza de la Academia, y no a Aristóteles el macedonio. Poco después, Aristóteles abandonó el continente griego con su amigo  Xenócrates, para establecer una miniacademia propia en la ciudad de Assos, en lo que es hoy el noroeste de Turquía y que por entonces era un pequeño estado gobernado por Hermias.

Cómodamente instalados allí, Aristóteles y Xenócrates se concentraron en las “ciencias” particularmente, en la biología. Fascinado por la enorme diversidad de la vida animal, Aristóteles trabajó sin descanso para clasificarla según una jerarquía, y de hecho aproximadamente la cuarta parte de toda su obra tiene relación con la categorización de la naturaleza, incluyendo las diferentes formas que adopta el alma en las diversas criaturas. A lo largo del tiempo identificó más de quinientas especies animales, disecando cuidadosamente casi cincuenta de ellas. Sobresalía clasificando la vida marina y, cuando se mudó a Mitilene, en la isla de Lesbos, justo al lado de la costa turca, llegó a observar que el delfín daba a luz de la misma manera que ciertos animales terrestres, por lo que se trataba de un mamífero y no de otra especie de pez. Además de los delfines, también estudió la habilidad del pez torpedo de atontar a su presa, sin darse cuenta, comprensiblemente, de que se trataba de un shock eléctrico. Sin embargo, lejos del mar, sus observaciones a menudo provocan perplejidad. Declaró erróneamente que las plantas se reproducen sólo de forma asexual, y que el corazón es el centro de la conciencia en los seres humanos, y que sólo late en el pecho de los hombres. Afirmó que la parte izquierda del cuerpo es más fría que la derecha, y que el cerebro existe simplemente para enfriar la sangre, aunque reconoció la existencia de un “espacio vacío” en la parte posterior de la cabeza de cada hombre, destinada al alma.

Negó la capacidad de pensamiento en los animales, sosteniendo que sólo son capaces de tener sensaciones y apetito, y que necesitan el gobierno de los seres humanos para sobrevivir. A diferencia de Pitágoras, que había visto el alma inmortal en todas las cosas, desde la perspectiva de Aristóteles las plantas y los animales existen tan sólo para el uso de los humanos.

Aunque a veces se considera a Aristóteles como un precursor de Darwin en su teoría de que el diseño de toda la naturaleza puede entenderse considerando el “propósito” último o “final”, Platón también había explicado el mundo en términos de inclinación de los objetos para ocupar su lugar adecuado (las piedras al caer, el fuego al extenderse, y así sucesivamente). En realidad, en unos de sus diálogos, el Timeo,  Platón ofrece una teoría de evolución regresiva, en la cual el hombre, creado directamente por los dioses, degeneró rápidamente: primero en la mujer, y luego en los diversos estratos de los animales del mundo.

Al menos Aristóteles no sigue a su maestro Platón en este aspecto. Pero cuando describe la naturaleza del espacio y del tiempo, su cosmología es siempre conservadora. Pensaba que las “esferas celestes” de Ptolomeo no eran una simple metáfora, sino que se trataba de esferas de cristal de verdad, y calculó que para que el cielo funcionara correctamente debían existir unas cuantas más, llegando finalmente al poco elegante número de cincuenta y cuatro esferas. El movimiento de los objetos celestes era constante, uniforme y circular, ya que las esferas rotaban suavemente en lo que él llamó “éter”. El vacío, sostuvo, era absurdo, e incluso si de alguna manera había vacío, el movimiento en este medio resultaría imposible.

Como la Tierra era el centro del universo, todo se disponía a su alrededor formando capas. Sobre la Tierra, todas las cosas son cambiantes y corruptibles, mientras que en los cielos todo es permanente e inmutable. El agua estaba sobre la tierra, el aire sobre el agua, y el fuego arriba de todo. Que esto era realmente así podía confirmarse mediante la observación: un objeto conformado mayormente por tierra, como una roca, caería si se lo suspende en el aire; las gotas de agua caen en forma de lluvia; las burbujas de aire atrapadas en el agua se impulsan hacia arriba, como hacen las llamas del fuego.

A Aristóteles también le parecía obvio que, cuanto más pesado era un objeto, más rápido caería. Un simple experimento práctico demuestra que esto es falso, pero a pesar de todo este error bloqueó el progreso en la física hasta que Galileo y Newton lograron demostrar que se trataba de una simple imposibilidad lógica y no sólo empírica.

Así, Aristóteles consideró y rechazó la teoría de Demócrito de que las cosas están hechas de átomos, deteniendo el desarrollo de la química durante doscientos años. Por una extraña simetría casi parecía que sus afirmaciones serán tomadas en mayor consideración como correctas cuanto más incorrectas eran realmente: predicó la inducción sin practicarla, invirtiendo el verdadero orden de la investigación, pasando de lo general a lo particular, en lugar de desde lo particular a lo general; convirtió el universo en una esfera cerrada, en el centro de la cual colocó a la Tierra, demostrando a partir de principios generales, para su propia satisfacción y para la del mundo durante los siguientes dos mil años, que no era posible ningún otro universo; sus nociones de movimiento eran completamente contrarias a la física, afirmó que el vacío no podía existir, y demostró que, de ser posible su existencia, en él sería imposible el movimiento.

Quizá fue una suerte para el progreso que los estudios de Aristóteles se vieran interrumpidos por un requerimiento real para que volviera a Macedonia para ayudar a educar a Alejandro Magno, el heredero al trono macedónico. Al parecer su principal misión consistió en preparar y copiar una versión especial de la Ilíada destinada al joven guerrero. No hay indicios de que Alejandro compartiera ninguna otra actividad con su maestro.

De regreso por fin a Atenas, Aristóteles inauguró una escuela llamada “peripatética”, palabra tomada del griego “pasear”, “caminar”, porque Aristóteles, según se dice, solía dar sus conferencias al aire libre, mientras caminaba. Lo hiciera o no, parece haberse asegurado de que todos sus pensamientos quedaran por escrito. A lo largo del tiempo, la escuela del paseo reunió una considerable biblioteca de manuscritos, la cual, se supone, sirvió finalmente como piedra de toque de la gran Biblioteca de Alejandría. Esta biblioteca, sin embargo, fue destruida en 391 por orden del obispo Teófilo de Alejandría, quien afirmó que se trataba de un “templo pagano”, pero afortunadamente para Aristóteles, unos soldados del ejército romano encontraron una colección separada de sus manuscritos en un pozo, en Asia Menor, alrededor del año 80. Como estaban bien organizados, los romanos los llevaron a Italia, donde fueron cuidadosamente copiados.

Cuando, a principios del siglo V, la propia Roma cayó en poder de los “bárbaros”, los manuscritos fueron a parar a Persia, donde los árabes los reservaron durante la “época oscura” de Europa. Así fue como el cristianismo reformado logró recuperarlos del “infiel”, traduciendo los libros al latín durante los siglos XII y XIII. Y fue entonces cuando Aristóteles comenzó a suplantar a Platón como “el Filósofo”. En realidad, sus opiniones empezaron a ser consideradas como revestidas de una autoridad casi divina: todo lo que Aristóteles afirmaba era sin duda cierto.

Como hemos visto, el sencillísimo método de Aristóteles consistía en observar el mundo que lo rodeaba y explicar lo que veía a partir de lo que parecía ser. Según vio, las mujeres eran mucho peor tratadas que los hombres. Decidió que ello se debía a que “las mujeres son defectuosas por naturaleza”, lo cual se explicaba a su vez por el hecho de que no pueden producir el fluido masculino (semen). Los griegos pensaban que este fluido contenía pequeñas semillas que, plantadas en la mujer, crecían hasta convertirse en seres humanos. Durante el acto sexual, el hombre proporcionaba la sustancia del ser humano, el alma, lo que equivale a decir “la forma”, mientras que la mujer sólo podía encargarse más tarde de la alimentación, es decir, de “la materia”.

Todo esto tenía sentido para Aristóteles, ya que el mundo “material”, como Platón había enseñado, era en todo inferior al mundo de las Formas.

Aristóteles se dio cuenta de que los dioses, sabiamente, habían dividido a la humanidad en dos mitades, para dejar al hombre incorrupto.

La sociedad griega seguía el mismo principio. Las mujeres estaban confinadas a la casa paterna hasta que se les eligiera un marido (cuando contaban entre diez y veinte años). La esposa se trasladaba entonces el domicilio del marido, donde se esperaba que diera  cumplimiento a su función principal de dar a luz y criar hijos o, para ser más precisos, hijos varones.

Generalmente, sólo se quería como mucho una hija mujer. Si se excedía esta cantidad, era probable que se las abandonara al pie de una colina para que murieran. Los hombres atenienses tenían muchas otras formas de satisfacer su deseo sexual, aparte de con sus esposas. Había cortesanas o hetairai, prostitutas, o sus propias mujeres esclavas, para no mencionar la gran cantidad de muchachos y de otros hombres que había también a disposición. La función de la esposa era principalmente la de dar a luz un hijo.

Naturalmente, la esposa no podía socializar con su marido o los amigos de éste. Los eventos sociales, incluso si tenían lugar en su propia casa, estaban estrictamente fuera de su alcance. A las mujeres acomodadas no se les permitía abandonar la casa para ir al mercado o al pozo comunitario: estas actividades estaban reservadas a los hombres o a las esclavas. En realidad, las esclavas tenían en algunos sentidos más derechos que sus amas, ya que ser esclavo estaba considerado un nivel tan bajo en el escalafón que casi no importaba la distinción entre hombres y mujeres.

Para Aristóteles el hombre debe encargarse de la mujer, porque tiene una inteligencia superior y compara la relación entre hombre y mujer con la que puede establecerse entre un ser humano y un animal doméstico.

“Lo mejor para todos los animales domésticos consiste en estar gobernados por seres humanos. Porque es así como consiguen mantenerse con vida. Del mismo modo, la relación entre el hombre y la mujer es por naturaleza de tales características que el hombre es superior, la mujer inferior, el hombre gobierna y la mujer se deja gobernar”

 

La esclavitud es un caso similar, que beneficia tanto al esclavo como al amo. Es bueno y natural porque algunas persones están destinadas “naturalmente” a ser esclavos. La mayoría de los extranjeros pertenecen a esta categoría, aunque, al igual que los animales salvajes, primero tienen que ser conquistados. Entre los bárbaros, destaca Aristóteles, haciendo gala de su cosmopolitismo, no se hacen distinciones entre mujeres y esclavos, porque no hay un gobernante natural entre ellos: son una comunidad de esclavos, hombres y mujeres. Y añade:”Es por esto por lo que los poetas dice: “Es apropiado que los griegos dominen a los bárbaros” ya que “por naturaleza, lo que es bárbaro y lo que es esclavo es lo mismo”.

Para Aristóteles el hecho de que algunos gobiernen y otros sean gobernados no sólo es necesario, sino también oportuno; desde la hora de su nacimiento, algunos están marcados por la sujeción, y otros por el gobierno:

Esa persona es por naturaleza un esclavo que puede pertenecer a otra persona y que sólo toma parte en el pensamiento reconociéndolo, pero no poseyéndolo. Otros seres vivientes (animales) no pueden reconocer el pensamiento; sólo obedecen a sus sentimientos. Sin embargo, hay muy poca diferencia entre utilizar esclavos y animales domésticos: ambos prestan ayuda física en las cosas necesarias”

 

A los esclavos, por razones económicas, hay que cuidarlos adecuadamente. Pero, como sucede con las mujeres, no tiene derecho al ocio o al tiempo libre. No pueden poseer nada y no se les permite tomar decisiones. No son miembros de la comunidad.

En realidad, el uso que se hace de los esclavos y la domesticación de animales no son muy diferentes, ya que el ministerio de sus cuerpos nos ayuda con las necesidades de la vida. La naturaleza ha querido distinguir los cuerpos de los hombres libres de los de los esclavos, haciendo a éstos fuertes para las labores serviles, y a los otros erguidos, aunque inútiles para estos servicios, y útiles para la vida política y en las artes tanto de la paz como de la guerra. Pero a menudo sucede lo contrario- que algunos tengan el alma y otros el cuerpo de los hombres libres-. Y sin duda si los hombres difieren unos de otros en la mera forma de los cuerpos tanto como las estatuas de los Dioses se diferencian de los hombres, todos comprenderemos que la clase inferior debe ser esclavizada por la superior. Y si esto es cierto para el cuerpo, ¿con cuánta más razón habrá una diferencia en lo que respecta al alma? Pero la belleza del cuerpo se ve, mientras que la belleza del alma no se ve. Queda claro, pues, que algunos hombres son por naturaleza libres, y los otros esclavos, y que a causa de esta esclavitud todo es oportuno y correcto.

 

Una posible debilidad de esta teoría, de la que Aristóteles pronto se dio cuenta, es que la clase elevada de cuerpo y alma no necesariamente van juntas. De modo que, eventualmente, uno puede tener el alma de esclavo y el cuerpo de un hombre libre, o a la inversa. Siglos después,  san Agustín dio con la solución al problema, explicando que, como es Dios quien decide quién ganará las batallas, la captura de los esclavos es la forma que tiene Dios de castigar a la gente por sus pecados. No haber reparado en esto es una de las menores culpas de Aristóteles.

Las líneas generales de la teoría política aristotélica, entonces, pueden resumirse en que la sociedad debe construirse teniendo en cuenta las formas más y menos elevadas del ser humano.

*Las mujeres son inferiores a los hombres.

*Los bárbaros (“extranjeros”) son inferiores a las razas civilizadas.

*Los esclavos son inferiores a todos.

Ciertamente, es así como pensaba también la mayoría de sus compañeros aristócratas de la Grecia de ese tiempo. Pero la contribución de Aristóteles fue asegurar que la misma idea básica se perpetuara en el mundo occidental durante la Edad Media y que todavía hoy se sientan sus ecos, sobre todo en el islam conservador.

Si esto se aplica a la ciencia y a la política aristotélicas, ¿qué hay (siguiendo su propia perspectiva sistemática) de su lógica y su ética, consideradas por muchos como su aporte más importante a la filosofía? En cuanto a la primera, yace en el fundamento de las “leyes del pensamiento”:

*El principio de identidad: todo lo que es, es.

*El principio de no contradicción: nada puede ser y no ser a la vez.

Y

*El principio del tercero excluido: todo tiene que ser o no ser.

Sólo en filosofía puedes hacerte famoso con afirmaciones tan obvias como éstas. Sin embargo, se explayó sobre este tema para producir una elaborada serie de “argumentos”, algunos de los cuales dice que son “válidos” y otros “no válidos”. El tratado llamado  Primeros Analíticos constituye el primer registro sistemático de lógica formal, y realmente siguió siendo la única “lógica” hasta el siglo XIX, cuando Frege la desechó en su mayor parte. La lógica aristotélica era lo suficientemente poderosa como para demostrar, entre otras cosas, que so Sócrates era un hombre, y los hombres son todos mortales, Sócrates también debía ser mortal. Lo que el mismo Aristóteles parece no ver, sin embargo, es la naturaleza convencional de las suposiciones. En el mundo real, las cosas pueden a la vez “ser” y “no ser”, y a veces incluso estar en el medio. Una roca es a la vez grande y pequeña, dependiendo del punto de vista, e incluso puedes descubrir que no es en absoluto una roca, si la miras de cerca y te das cuenta de que está hecha de tierra. Sin embargo, el orgullo de pensar que el mundo está sometido a reglas, y de que estas reglas pueden ser dictadas por hombres como Aristóteles, el aristócrata, es una idea muy seductora y, muchos dirían, también muy útil.

¿Y qué hay de la ética aristotélica, todavía hoy tan estudiada en los departamentos de filosofía, aunque ya no se lea en la iglesia? Muchas de las doctrinas generalmente atribuidas a Aristóteles, como por ejemplo el mérito de cumplir con la “función” que te es propia, cultivar las “virtudes” o el “justo medio” entre dos extremos indeseables, son en realidad mucho más antiguas. De hecho, Platón nos presenta estas mismas ideas de un modo mucho más poderoso y convincente. Hay, sin embargo, diferencias importantes entre la ética de Platón y la de Aristóteles. Los puntos de vista de este último sobre la moral se exponen sobre todo en su Ética a Nicómaco, donde comienza con una investigación acerca de las opiniones personales sobre el tema “del bien y el mal” para averiguar qué términos se utilizan, a la manera de un antropólogo social. Platón muestra claramente su desprecio por este tipo de aproximación.

La Ética a Nicómaco incluye una relación de lo que los griegos consideraban las grandes virtudes, ejemplificadas por el hombre “magnánimo” o el “alma recta”, una persona que, según nos dicen, hablará con voz profunda y templado tono, y que tampoco ha de ser excesivamente modesta. La idea principal es que el fin supremo de la humanidad (o más bien el de los aristócratas) es la búsqueda de la “eudaimonia”, la concepción griega de una clase particular de “felicidad”. “No hay nada que sea más absolutamente necesario”, escribe en el Libro 2 de  la Política, “que asegurar una vida desahogada a los ciudadanos más distinguidos, y hacer de manera que la pobreza no pueda venir en daño de la consideración que se les debe, ya como magistrados, ya como simples particulares”. Esta búsqueda incidía en tres aspectos: además del mero placer, estaba el honor político, y las recompensas de la contemplación. Principalmente, claro, la filosofía  (pero también valían las listas de animales).

En el siglo XVII, Thomas Hobbes diría que fue este método el que perdió a Aristóteles, ya que, al intentar basar la ética en “los apetitos humanos”, eligió una medida con la cual no pueden establecerse distinciones entre lo correcto y lo incorrecto. De hecho, cabe destacar al pasar que Hobbes consideraba a Aristóteles un gran tonto, y protestaba  continuamente contra los “alocados” y “diletantes” “Antiguos”, refiriéndose con ello a uno solo: Aristóteles. Lo cual es una suerte de tributo.

(Martin Cohen. Cuentos filosóficos. Editorial Ariel. Barcelona. 2009)